martes, 28 de marzo de 2017

PASÓ EL DOMINGO - VIÑETA 192

Viñeta 192
Pasó el domingo
Por Jorge Arturo Díaz Reyes. Cali, 28 de marzo 2017

Casi al tiempo, de no ser por la relatividad horaria, en las dos plazas pontificias de América y Europa los toros cobraron sangre.

Tanto en Las Ventas, que con mucha expectación y poca feligresía inauguraba empresa y temporada, como en la inmensa México, que casi sola, daba un paso más hacia el final de la suya. Duras cogidas, cornadas de diversa ubicación y escalofriante profundidad, palizas politraumáticas, desmayo, susto e incertidumbre por la vida de los jóvenes hierofantes Pablo Aguado y Gerardo Adame.

No es la primera ni será la última vez. Esto es así, esto ha sido así, y así será mientras exista. Es de lamentar claro, pero también de celebrar, y no solo porque se salvaron sino porque sucedió. Sí, porque sucedió, no callo mi opinión. Quizá debiera, más porque soy cirujano, pero no porque también soy creyente de un culto que si no es veraz no es.

El riesgo real es la razón y la esencia del rito. Es el que avala esta ceremonia de conciliación con la naturaleza. Es el aquí estamos ¡Oh toro! Inermes frente a ti, ofreciéndonos a tu mayor poder, de igual a igual, sin la ventaja de nuestra tecnología destructiva. Aquí, apostando la vida para redimir la vergüenza de nuestra mancilladora especie. Aquí, expiando en sincero mea culpa, nuestros progresistas abusos.

Las heridas, las lesiones permanentes y las muertes en el ruedo nos duelen. Penamos con ellas y así purgamos las culpas de todos. Incluso las más de quienes abominando el sacrificio, claman por su abolición y la del toro para seguir orondos hacia el aniquilamiento de las otras especies.

El fuenteymbro de Madrid y el garfias de México lucharon a muerte, como les mandaba su instinto, con dos valientes que oficiaban la comunión ancestral. Dos murieron con honor y dos sobrevivieron maltrechos. La corrida sigue siendo en verdad acto de suprema contrición. Este cruento domingo lo refrendó una vez más. Me alegro.         

domingo, 26 de marzo de 2017

CASTELLÓN 5ª FERIA

Seriedad de Varea
(Crónica de Barquerito)

El torero de Almassora debuta como espada de alternativa ante sus paisanos, suma y hace méritos, gana crédito. Una prueba compleja: un encastado toro de Juan Pedro de casi 600 kilos.

EL TORO DE LA CORRIDA de Juan Pedro fue el sexto. Casi 600 kilos, castaño, serio el cuajo, abierto de palas, astillado al rematar de salida. La talla de los juampedros del hierro de Veragua parece haberse disparado. Ese sexto confirmó la regla de la mayor altura del toro de nuevo cuño.

Poderoso, de movilidad y entrega llamativas. La casta, patente de salida y en un puyazo de los de empujar de verdad, y en banderillas también. Y después de banderillas y hasta la hora de doblar. El toro de más volumen de cuantos se han lidiado en Valencia y Castellón las dos últimas semanas. Ni el más completo ni el de mejor nota. Entraría en el sexteto selecto.

El papel de la corrida era el torero del país, de la vecina Almassora, Varea, que no se había estrenado todavía como matador de alternativa en Castellón. La alternativa fue en Nimes en mayo del año pasado, no estuvo anunciado en Fallas y era, por tanto, novedad. Estaba con él la inmensa mayoría. Al terminar el paseo, las cuadrillas, descubiertas, guardaron un minuto de silencio en memoria de Manolo Cortés, el distinguido torero de Gines. Por guardarse ese breve luto, no se pudo recibir a Varea con la ovación prevista y esperada, que solo rompió antes de soltarse el tercero de corrida. Un toro sin el aparato ni el volumen ni la alzada del sexto. Tendencia a soltarse de salida. Varea, con fama bien ganada de capotero largo, tuvo que esperar al quite tras una primera y única vara para quitar con dos despaciosas verónicas de raro trazo –por anchas más que largas, bien empapadas las dos- y un lindo recorte. Noble y sencillo el toro, alguna mirada a tablas, una embestida cada vez más perezosa y un apagón final. La faena de Varea, abierta con doblones genuflexos de buen aire, fue toda entera de rayas afuera, de ortodoxa composición, ajuste en el toreo en la suerte natural pero no en los cambiados de remate, exageradamente abiertos. En el torero cambiado por abajo, la trincherilla académica, hubo brillo bueno. Y un desplante improvisado. No entró la espada.

Sensación de torero en agraz, pero evidentes los progresos. No solo la seguridad al andar por la plaza, al llegar a la cara del toro o salir de ella, la manera de pisar. También los nervios bien sujetos. Y esa gravedad de carácter que ya distinguía a Varea en sus primeros pasos de novillero. A esa gravedad se ha sumado un acento del repertorio sevillano, probablemente legado por quien fue hasta el pasado invierno su mentor, Curro Molina, ilustre banderillero de Alcalá de Guadaira y, en privado, notable muletero también.

Saltó, en fin, el sexto toro. Ponce se había llevado en el reparto los dos toros de pobre nota: un primero andarín y renegadote, y un cuarto que se estrelló contra dos burladeros en otros tantos remates de trompazo por querer saltarlos y pagó después de banderillas las secuelas de los dos trastazos, arrastró cuartos traseros y se apoyó mucho en las manos. Con el cuarto, al que tumbó de buena estocada, se entretuvo más de la cuenta. Con el otro no.

Los dos toros de López Simón salieron buenos: el segundo metió la cara y repitió, y el quinto, del hierro de Parladé, trotecillo prometedor de salida, tuvo esa rara virtud que es en un toro el temple, o sea, la embestida acompasada. Las dos faenas de López Simón, firme en las dos bazas, tomaron antes o después, y previo cumulo de muletazos, la vía del efectismo, los cambios por la espalda intercalados, el desplante frontal y los circulares inversos.  

El saludo de Varea al sexto fue una sorpresa: en tablas una larga afarolada en pie, que es de salida lance de riesgo y mucho color. No hubo manera de templarse y acoplarse con las arrancas tempestuosas antes de varas, pero Varea firmó media verónica espléndida y una revolera singular. Al rematar un quite de tres verónicas más tensas que calmosas sufrió un desarme. En banderillas pareció que al toro no le habría sobrado una segunda vara, pues, venido arriba, galopó y apretó. En la muleta fue de mucho atacar sin tomarse respiros ni llegar a descolgar propiamente, y de revolverse si no iba del todo metido en el engaño.

Todo eso prestó a la faena emoción propia porque Varea no volvió la cara, ni se tomó ventajas en los momentos de apuro, se embraguetó con la diestra en toreo a suerte cargada, trató de enganchar toro por los vuelos con la zurda, remató tandas con caras trincherillas o con esos sedicentes pases de pecho tan remarcados. De modo que no perder la pelea fue casi tanto como ganarla. En el segundo asalto, y no el primero, entró la estocada cobrada al salto y con la fe de torero nuevo.

FICHA DE LA CORRIDA
Castellón, 26 mar. (COLPISA, Barquerito). Castellón. 6ª de feria. Soleado, fresco. Tres cuartos de plaza, 6.000 almas. Dos horas y veinte minutos de función. Un minuto de silencio en memoria de Manolo Cortés. Seis de Juan Pedro Domecq. Todos, del hierro de Veragua, salvo el quinto, del de Parladé
Enrique Ponce, saludos en los dos.
López Simón, una oreja en cada toro.
Varea, saludos y una oreja
Picó bien Puchano al sexto, que apretó de bravo.

CASTELLÓN 4ª FERIA

Talavante desatado, ciencia de El Juli
(Crónica de Barquerito)

Dos faenas de gran calado a toros de muy distinta condición. Para el uno, el toro mejor de la corrida de Garcigrande, que Talavante se enrosca a capricho en faena de temple mayor. Y para el otro, un cuarto mansibravo que solo encontró calma y refugio en sus manos. 

FICHA DE LA CORRIDA
Castellón, 25 mar. (COLPISA, Barquerito). 4ª de feria. Soleado, fresco. Ventoso durante la lidia del primero. Lleno, 8.500 almas. Dos horas y veinte minutos de función.
Cinco toros de Garcigrande (Concha Escolar) y uno -2º- de Domingo Hernández.
El Juli, silencio y oreja tras un aviso. 
Sebastián Castella, que sustituyó a Roca Rey, saludos tras un aviso y una oreja que rechazó. 
Alejandro Talavante, saludos y dos orejas.
Notables pares de José María Soler al cuarto y Juan José Trujillo al sexto.

NO CONTÓ un primer toro sin el menor respeto, la cara arriba en dos picotazos, dolido en banderillas, escarbador, rebrincado, rebotado y de los de oliscar antes de meter la cara entre las manos en señal de rendición. No llegó El Juli ni a aburrirse. No tanto por el toro, faena de breve diligencia, como por el viento, que no dejó elegir ni terrenos ni mano ni nada.

Se echó el viento y empezó otra corrida. Un segundo de sorteo, del hierro de Domingo Hernández, remangadito, cumplidor en el caballo y de buen aire. Gacho y romo el tercero, de Garcigrande, como el primero y los que saltaron después. El que más apretó en el caballo, el que mejor se empleó en el primer tercio. En una colada le levantó a Talavante los pies, y desarmó, hizo caer y estuvo a punto de arrollar a El Juli, colocado a la salida.

Las dos monteras, la de Talavante y la de Julián, en la arena cuando el toro se dio a la fuga. Tenía ganas de correr, como casi todos los toros que se han movido en el campo más de la cuenta, y perdió las manos en un patinazo. Talavante había tratado de fijarlo de salida con flemáticos lances a pies juntos o cambiados con la vuelta del capote, y cosidos con chicuelinas faranduleras. La última de ellas fue la previa a la carrera de arrollar.

A toro picado, Talavante se echó el capote a la espalda para ajustarse en un  quite por gaoneras que remató con larga afarolada. Bonita la idea. No fue la única brillante, sino tan solo la primera de las muchas de un Talavante pródigo, plantado en firme pero en casi desmayo, facilísimo, suelto y resuelto. Acoplado con ese tercer toro que al cabo de cuatro o cinco tandas se derrumbó como si se le hubiera reventado el corazón. Solo que  antes, incluso roncando como suelen  los toros enfermos, vino y quiso, buscó agua un par de veces, metió la cara y repitió. Siempre estuvo Talavante con la muleta puesta. O en las suertes naturales o en cambios de mano malabares y, si no, en la arrucina marca y patente de la casa, que asusta. Un desarme tan inoportuno como el medio reventón del toro, que redivivo, se prestó a una trenza de muletazos sin espada.

Castella le había pegado al segundo una monumental tanda con la izquierda –tres ligados y el de pecho- y, en cambio, la legendaria zurda de Talavante se había quedado por lo que fuera en segundo plano. Después de torear al natural con tanto cuajo, Castella optó por meterse entre pitones.

El cuarto garcigrande pareció el padre del primero. Casi 600 kilos. Enloquecidas carreras, no de abanto, sino de corredor de medio fondo, todo pies, todo irse y soltarse. Ni los lances genuflexos de El Juli marcando la salida y proponiendo el retorno lo convencieron. Una media verónica de Julián pura gracia antes de una agitada pelea en una vara y de un tercio de banderillas de no fijarse ni pararse, de amenazar con descomponerse.

Pues nada de eso: ciencia y razón de El Juli para entenderse con el toro al tercer viaje, calmarlo, sujetarlo, engañarlo, traerlo y llevarlo tan tapado que le cegaba los huecos de escape. Y de hacer todo eso con suavidad despampanante. Donde quiso El Juli, primero en el tercio, entre rayas y en tablas después, la cosa llegó a ser un divertimento. Se puso en pie la gente cuando vio al toro entregado, desorientado y casi desmadejado, y a El Juli andar tan a su antojo y en versión popular. El circular cambiado pero rematado de costadillo –variante suculenta- y otro más, y otro. La banda acompañó la fiesta con un desdichado pasodoble ajeno al repertorio. Media perpendicular, dos descabellos.

Un clamor, proemio de una segunda parte de festejo mucho mejor que la primera. No solo por el raro poder magnético de El Juli, también porque Castella se echó adelante con un noble quinto –lo toreó mejor en los alardes que en el toreo regular, por abusar del trazo despegadito y en línea- y, sobre todo, porque Talavante, encendida la lámpara de Aladino, le dio fiesta mayor al sexto garcigrande, dechado de son y ritmo. El toro de la tarde, que barría la arena con el rabo y hundía el hocico al tomar engaño. Un toro Vicario, así de bajito y bien hecho.

Pura placidez, el cuerno de la abundancia esa faena de Talavante, que se enroscó sin empacho el toro cuanto quiso y como quiso y, ahora sí, la mano izquierda lo ayudó a seguir planeando luego de iniciado el vuelo raso, y el vuelo mismo de la muleta en toques de precisión soberbia. Ni un enganchón. Ni un renuncio. El ajuste imprescindible, pura limpieza. Molinetes de sorpresa. Hubo un natural de no se sabe cuántos grados de giro, y el de pecho que lo abrochó, muy ampuloso. Un inesperado final por bernadinas de las genuinas y no de las otras, una estocada hasta la bola y el toro al desolladero sin las orejas.

FIN      

viernes, 24 de marzo de 2017

CASTELLÓN 3ª FERIA

Sutilezas de Morante, entrega firme de Castella
(Crónica de Barquerito)

Corrida buena y bonita de Cuvillo, de desigual y variada condición. Castella conmueve más con su quietud que Morante con su don de musas. Discreto Manzanares, premiado con largueza.

CINCO TOROS NEGROS y relativamente parejos de Cuvillo, bajitos y cortos de manos, redondos, de generosa culata, astifinos pero justos de trapío, y uno jabonero que partió plaza, casi barroso, de los de la colección primitiva de la ganadería y el goterón Veragua. El jabonero echó las manos por delante al lanzarse de salida –no lo hizo ningún otro- y ese deseo común de ver a Morante torear de capa a su manera y en seguida se estrelló contra los elementos. No borrascosas pero sí descompuestas las embestidas del toro, que se soltó después de casi una docena de lances de Morante. Todos, de prueba.

Morante, como suele, hizo picar a modo al toro, que a los diez viajes de muleta ya había abierto la boca, descolgado y claudicado, casi todo a la vez. Noble pero apagado el toro. Y un trasteo circunstancial de Morante no exento de algunos detalles del repertorio propio: la apertura a pies juntos; un molinete cabal ligado con un pase de castigo muy por abajo; unos lindos muletazos por la cara antes de terminar, o sea, el abanico auténtico, de pitón a pitón pero sin llegar a obligar a toro, sino simplemente seduciéndolo; y tres o cuatros enfadosos muletazos a dos manos para buscar la igualada y hallarla.

Hubo que esperar casi una hora para poder volver a Morante en escena. Primero, porque el festejo fue de los de dos horas y casi media, casi como la media del último maratón de Sevilla. Y segundo, porque Morante tiene la particular habilidad de hacerse invisible cuando la corrida no es problemática para un director de lidia. El tercero de corrida, donde pudo haberle correspondido la posibilidad de un quite, se cambió con un solo puyazo, que el toro tomó arreando, y pasó la oportunidad. A las seis y media de la tarde –los toros empezaron a las cinco- saltó el cuarto cuvillo, cabezón, corto pero anchísimo de cuello, bizco y cornicorto, el de menos plaza de todo el envío. Se llamaba Sosegado.

Morante lo trató de salida con bastante primor. Lances cadenciosos, muy sueltos, bien dibujados. Después de un puyazo trasero, un quite sutil de lances más ampulosos pero por abajo y, sin esfuerzo aparente, antes de un segundo puyazo más severo de lo previsto, dos lances lentísimos, de admirable caligrafía. Solo que el toro vino a engaño tan al ralentí que el juego pareció toreo de salón.
Castella, que se había metido a fondo con el segundo de corrida –el mejor de los seis-, salió a quitar entonces: una chicuelina en los medios, pero el toro salió escopetado a querencia –la puerta de toriles- y ahí se vino a topar a porrazo con el caballo de pica de Cristóbal Cruz, que enfilaba la puerta de cuadrillas y aprovechó la baza para cobrar una tercera vara. Castella se enojó visiblemente y, después de despejarse de piqueros, caballos y monos el ruedo, completó quite con tafalleras y larga.

En la muleta el toro fue de muy pajuna nobleza. Como un tocino de cielo. Morante se entretuvo con él casi a capricho. La apertura de faena, por alto en la suerte natural y en la contraria, fue una pequeña delicia menor. En tres tandas en redondo bien reunidas y fuera de las rayas, el toro se fue acabando poquito a poco como el pabilo de una velita gastada y vieja, la banda de Castellón –excelente- se animó con las “Churumbelerías” y Morante trazó muletazos de su firma y encanto sin darse importancia. Tampoco se la dio la gente, que se había entusiasmado con la faena de quietud y sobresaliente firmeza de Castella al segundo y había pedido una oreja gratuita para un trabajito muy deshilvanado de Manzanares con el tercero, que, toro de alma rara, se acabó rajando. De modo que las notas mejor afinadas de toreo de capa y muleta de toda la tarde contaron muy lo justo. Morante se pasó de tiempo y hasta sonó un aviso. Los cabales sacaron al torero de la Puebla del Río a saludar.

El quinto fue, después del segundo, el toro de más motor de los seis cuvillos. Volvió Castella a emplearse a fondo sin escatimar. Notable una aparatosa apertura de faena por estatuarios y una coda donde el torero de Béziers plasmó no uno ni dos sino hasta tres pases del desdén que remachaban otros tantos a pies juntos en la suerte natural. Se celebraron con fuerza. No tanto la faena, que fue cosa seria, pero de distinto calibre: abundante y ligada, acoplada por la mano derecha, pero sin brillo ni ligazón por la izquierda. Un desplante a huevo, o sea, frontal, sin armas y vertical. También se celebró. Se pidió una segunda oreja y el palco se abstuvo. Manzanares no anduvo fino, sino descentradillo con el manejable sexto. Tandas rehiladas y cortas por la mano diestra, cambios de terreno sin mayor criterio, una estocada contraria recibiendo al toro en la suerte contraria también y provocando una embestida imposible porque se había parado el toro.

FICHA DE LA CORRIDA

Castellón, 24 mar. (COLPISA, Barquerito). Castellón. 3ª de feria. Encapotado, fresco. Lleno. 8.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis toros de Núñez del Cuvillo.
Morante de la Puebla, silencio y saludos tras aviso.
Sebastián Castella, una oreja en cada toro.
José María Manzanares, una oreja en cada toro.

martes, 21 de marzo de 2017

¿PANDE EL CÚNICO?

Viñeta 191
¿Pande el cúnico?
Por Jorge Arturo Díaz Reyes. Cali, 21 de marzo 2017

El Ché Guevara, buen narrador, contó en sus Memorias el primer combate tras desembarcar del Granma. Los guerrilleros fueron emboscados por el ejército batistiano dentro de un cañaveral. De los 80 solo sobrevivieron 12 huyendo cada cual por su lado.

Una de las cosas que más impactó al hasta ese momento médico de la expedición, fueron las actitudes absurdas de algunos compañeros, en medio de la balacera descomunal y estruendosa. Dice, uno muy gordo soltó el fusil e intentó escudarse tras una delgada caña pidiendo silencio con un dedo sobre los labios. Claro, esa pantomima desquiciada no lo salvó.

El miedo incontrolado, mueve a comportamientos paradójicos individuales y a enloquecimientos masivos. Ejemplo, las hecatómbicas estampidas humanas, desatadas por una leve alarma.

El miedo es humano sí, pero dejarse dominar por él es animal. Se igualan uno y otro cuando el instinto desborda la razón. Quizá ese igualamiento sea el nirvana de los animalistas, pero no el de los humanistas, para quienes lo racional en circunstancias apremiantes ha sido aguantar, templar y gobernarse, como enseña el toreo. Que tampoco está exento.

Lo grita la espantada de algunos taurinos por el fundamentalismo anti, que podría generalizarse a carrera mortal hacia el abismo. Observando inventos, no dejo de recordar el relato del Ché. Ceder. Transformar la corrida en show holliwoodense. Teatralizar, frivolizar. Bailar al son que toquen. Echar los toros del ruedo al matadero y vengan lucecitas, cartón y salsa de tomate...

Patético. Descomponerse así sería morir, dejar de ser. La trascendencia milenaria del culto taurino se debe a su autenticidad, a su dura verdad como expresión ritual-estética de fatalidades biológicas y paradojas existenciales. Tirar la espada y ocultarse tras una caña de utilería es un tragicómico final. El peor.

Años ha, el actor mexicano Gómez Bolaños hacía que su antihéroe “Chapulín”, acobardado en situaciones peligrosas confundiera los significados: “Que no panda el cúnico”, pedía y todos reíamos. Ahora, dan ganas de llorar.

¿CÓMO ASÍ SEÑOR ALCALDE? - VIÑETA 187

Viñeta 187

¿Cómo así señor alcalde?
Por Jorge Arturo Díaz Reyes. Cali, 20 de febrero 2017

Yo estaba a 100 metros cuando estalló la bomba en la Santa María. No bien se había extinguido el eco terrible. No se había secado la sangre de las víctimas. Nadie se había repuesto del ataque cobarde. Cuando salió el antitaurino alcalde Peñalosa a exonerar confusamente a sus conmilitones.

 “No tiene nada que ver con los antitaurinos” pero… “Autorizamos la corrida para no dar la razón a los terroristas”. “Fue en el barrio de La Macarena” (No en la plaza de toros). Fue qué no murió nadie. Fue que iba contra la policía. Fue que…

¿Por qué tan rápido? ¿Por qué absolución automática de su bando sin mediar ninguna investigación y sin mostrar ninguna prueba? ¿Por qué obviar coincidencias inocultables? ¿Por qué ignorar pistas de bulto, como que sucedió el domingo, día de corrida, a la hora del sorteo, a ocho metros de los muros de la Santamaría, tan cerca como las barreras de la policía permitían aproximarse al coso?

¿Por qué soslayar antecedentes inmediatos como la ferocidad homicida con que las turbas antitaurinas el 22 de enero pasado desbordaron las fuerzas del orden y atacaron a los pacíficos asistentes al grito de “Mueran ustedes hijueputas pero no maten los toros”, dejando otro reguero de heridos?

¿Cómo se puede olvidar que su señoría misma, desde el instante de su elección llamó repetidamente a la protesta: “Si me obligan a dar las corridas seré el primero en salir a marchar”? ¿Cómo pasar por alto su desprecio a las advertencias respetuosas que se le hicieron desde esta misma columna por última vez el 21 de junio pasado (Viñeta 156) señalándole que ese era un comportamiento altamente riesgoso?

¿Cómo podemos desconocer que la canallada criminal no conviene a los intereses electorales de los políticos autores de las iniciativas legislativas prohibicionistas que usted apoya públicamente?

¿Cómo se puede soslayar todo lo que ha pasado, todo lo que se ve, todo lo que se oye y salir de una, sin que nadie, aparte de los hechos, los estuviese acusando, a proclamar, nosotros no fuimos, no fuimos, no fuimos…? ¿Cómo así, señor alcalde?


Cómo se pude hablar en esa forma cuando lo exigido por el derecho, la justicia y la lógica es una investigación seria, discreta, independiente, sin presiones, sin excluir ningún sospechoso, la cual lleve a la captura y sanción ejemplar de los inhumanos criminales que perpetraron la animalada en la plaza de toros el día de la última corrida. Sean los que sean. 

!ANTITAURINOS! - VIÑETA 188

Viñeta 188

¡Antitaurinos!
Por Jorge Arturo Díaz Reyes. Cali, 28 de febrero 2017

Un comunicado de la organización guerrillera Ejército de Liberación Nacional ELN confiesa el atentado criminal del domingo 19 en la Santamaría, y confirma de paso la presunción inicial (inmediata) del alcalde de Bogotá respecto a la autoría del hecho. Dio en la diana el señor Peñalosa, se le abona, pero eso no refuta las críticas a su apresuramiento en eximir sin investigación ni pruebas a todos los antitaurinos.

¿Acaso no lo son también estos terroristas, aparte de la sigla subversiva que los marca?  ¿No fue un acto, de implicación, intención y repercusiones antiaturinas, independientemente de la filiación política, religiosa, futbolística, sexual… que profesan quienes lo perpetraron? ¿Excluye lo uno a lo otro?

Si el blanco específico era la fuerza pública, como aduce la proclama, por qué a cambio de una guarnición, un cuartel, una comisaría escogieron el día de la corrida, la hora del sorteo, el sitio junto a la plaza, tanto como permitía la barrera policial de protección que su ferocidad había obligado a levantar. Apuntando a la guardia que los mantenían a raya y les había repelido el 22 de enero anterior, cuando atacaron al público por todos los costados durante más de seis horas, usando entre otras armas papas explosivas. ¿No hacen hilo ambas acciones? Además celebraron las dos en las redes sociales. Hay que leerlos.

La minimización de tales hechos, los eufemismos y las exoneraciones a priori no alcanzan a tapar la coincidencia de los estallidos de brutalidad con el discurso de políticos como Petro (exalcalde), Peñalosa (alcalde), García (senador), Cristo (ministro del interior)…

Discurso que humaniza los toros (de lidia, no los otros) al tiempo que deshumaniza los aficionados, demonizándolos, rotulándolos “enemigos de la vida, la paz y la cultura” (Ver proyecto de ley prohibicionista gubernamental), acusándolos como “personas que disfrutan con el sufrimiento de seres indefensos”.

El odio ha sido el combustible, la palabra el detonante y la dignidad humana la víctima. Lo claman el reguero de heridos y el cadáver de Albeiro Garibello que dejaron tirados los dos domingos de violencia bestial. Terribles ambos. El de la reapertura de la plaza y el igualmente atroz de su nuevo cierre.


Dos manchas infames en la historia de Bogotá. Escarnios de lo que sucede cuando se pervierten las leyes de la naturaleza, y el humano en lugar de serlo con los animales, los humaniza poniéndose a su nivel o bajo él, animalizándose a sí mismo y agrediendo a sus congéneres como una fiera racional que pretexta causas “justas”.