miércoles, 29 de octubre de 2014

MUERTE DE MANZANARES - NECROLÓGICA

Muerte de José María Manzanares

(Barquerito)
Manzanares en la plaza de la Maestranza en Sevilla. Foto: www.diariodenavarra.es
Elogios y reconocimiento sentidos y sinceros de colegas suyos de hasta cuatro generaciones. Lo llamaban el “torero de toreros”. Llevaba una década aislado en su finca de Cáceres

Ocho años y medio después de su retirada definitiva del toreo, aislado y recluido por propia voluntad en su finca de Campo Lugar, Cáceres, José María Manzanares fue hallado muerto en su cama a media mañana de ayer. Tenía 61 años.

Por inesperada y repentina, la muerte de Manzanares tan en solitario, tan lejos del mundanal ruido, ha  tenido una suerte de efecto vivificador: la reacción de los toreros –coetáneos, rivales, maestros o discípulos de hasta tres o cuatro generaciones distintas (Pablo Lozano, El Viti, Capea, Roberto Domínguez, Espartaco, Juan Mora, Ponce, El Juli…)-, de banderilleros o picadores, mozos de espada; la de aficionados cabales y la de algunos de los que fueron sus apoderados en sus treinta y pico años de torero en activo (José Antonio Chopera, Manolo González, Simón Casas…), toda esa reacción  vino cargada ayer mismo de una emoción y conmoción auténticas. Un reconocimiento sentimental y profesional: del hombre, de la persona, del personaje y, naturalmente, del torero.

Honores rendidos sin la menor reserva que se sintetizan en una frase que en su momento se creó para definir el más singular de los atributos de Manzanares: “torero de toreros”. Es decir, espejo en que mirarse los demás. Privilegio de quienes supieron representar la torería mejor que nadie. Torero “en la calle y en la plaza”, reza uno de los cánones más exigentes del oficio. Torería natural: la figura misma, la elegancia congénita, la manera de hablar y conducirse, y la de estar en la plaza. Todas esas cualidades, que fueron virtudes precoces, no habrían tenido el peso y el sentido logrados si Manzanares no hubiera sido un torero muy singular dentro del estilo clásico. “El toreo de siempre”, suele decirse como elogio indiscutible.  

Manzanares fue desde su arranque –apenas temporada y media de novillero con picadores, alternativa en 1972 en su Alicante natal- un torero de técnica muy refinada y, como tal, un torero de los catalogados como “largos”. Completo con el capote, tanto en el lance de arte como en el toreo de brega; todavía más completo como muletero, temple e instinto por las dos manos, un sentido de la colocación y la medida sobresalientes; estoqueador extraordinario.

Además de ser un torero técnicamente superdotado –su padre y maestro, Pepe Manzanares, fue un banderillero de primer nivel pero prematuramente retirado-  Manzanares rompió enseguida como un torero de raro primor pausado y desgarro íntimo a la vez, características que raras veces se han conjugado en un solo artista.

Como todos los toreros artistas o de expresión, Manzanares fue relativamente irregular y, durante una de las cuatro etapas mayores de su larga carrera, excesivamente mercurial, de voluble temperamento. Y, sin embargo, si se traza ahora mismo su perfil de torero, aparece con una claridad y una transparencia nada comunes. Lo propio de los toreros vocacionales, poseídos por la seriedad y los rigores de un oficio frágil pero de exigente disciplina, capaces de crear un estilo propio y reconocible que los propios colegas reconocen como tal. Los toreros creadores: Manzanares fue uno de ellos.

Sin necesidad de ser un revolucionario ni siquiera un reformador, sino tomando la referencia estética de los maestros que admiró: la chicuelina frontal de manos bajas de Puerta y Camino, el toreo en redondo salido de las imágenes de Pepín Martín Vázquez, la espada y el natural de Camino, el sedicioso empaque de Antonio Ordóñez, con quien fue comparado muchas veces, la soltura espontánea de Luis Miguel Dominguín, que fue su padrino de alternativa. Don innato de Manzanares: la facilidad y la inteligencia. Y con ellas, y a la par, la seguridad. Torero de instinto.

Lo castigaron muy poco los toros y eso que ha sido, dentro de los de su generación, el de carrera más larga y densa. Torero de todos los mundos, pues a su papel de primera figura en España se unió enseguida, y del primer al último día, el de torero predilecto en Lima, Colombia y Ecuador y, desde luego, su carácter de estrella indiscutible de la temporada francesa. La plaza de Manzanares fue, con diferencia, la Maestranza de Sevilla, donde sintió hasta la misma tarde de su despedida un aliento y entendimientos sin parangón posible. Fue “torero de Sevilla”. Madrid, en cambio, y pese a ser su plaza de lanzamiento y visado, resultó ser un calvario muchas tardes. Castigado con severidad excepcional y hasta negado por algunos santones de la crítica taurina de los años 80, Manzanares superó esa prueba sin descomponerse ni ofuscarse. Una muestra de carácter.

Antes de que su primogénito y homónimo decidiera finalmente seguir en 2003 su misma aventura profesional, Manzanares –Manzanares padre- había sopesado la posibilidad de seguir en activo algún tiempo más. Hasta los 55 años tal vez. La irrupción de Manzanares hijo, con quien llegó a alternar, le hizo precipitar su retirada. Y, con ella, su apartamiento, que solo rompía para acudir de cuando en cuando para ver torear a su hijo José Mari o a Manolito Manzanares, su otro hijo varón, rejoneador en activo.

FIN

lunes, 13 de octubre de 2014

NOTAS AL MARGEN 1

12 de octubre en Zaragoza

(Apostilla de Barquerito)
Foto: www.spanish-menu.com
Qué gusto poder entrar poco después de mediodía en el Campo del Toro. Antes de que llegaran las masas hambrientas en busca del menú del Pilar. No sé si con el rabo de toro “a la cordobesa” que era el santo y seña de la casa cuando vivía Jacinto, el dueño, que fue torero de capeas, cordobés y luego hizo fortuna y amigos guisando. Ninguna de las cabezas de toro del salón, son de toros muertos por Jacinto. Ni muertos ni guisados. Y qué más da. Hay pochas de Tudela que se congelan en temporada y, descongeladas, están mejor. Un misterio. Cristina, la hija de Jacinto, la de los ojos bellos, ha seguido el negocio. Y allí estaba, ajustando la caja registradora. El 12 de octubre en Zaragoza es un cuerno de fortuna. Todas las mesas reservadas. Con sus manteles de algodón blanco. Y sus servilletas dobladas. Muy limpito. Unos biombos oportunos. Y dos puertas. Pero nadie de escapa sin pagar como en aquellos viejos sainetes de los años del hambre.

Los guineanos celebran el 12 de octubre el aniversario de su independencia. La Guinea Ecuatorial, que fue provincia española hasta 196yañgo. En la parroquia de Santo Domingo del Val, en la calle Carderera junto a la Avenida de Madrid, los he visto salir de la sumisa mayor. Con sus banderas, y sus vestidos de domingo. Los hombres, de traje y corbata. Las mujeres, con vestidos multicolores, la bata hasta los tobillos, peinados exóticos. Habrán rezado por las víctimas del Ébola, pensé. Salían felices. Los niños, muy endomingados, sobre todo.

Colas en el 42 de la Via Universitas. "¡Cómo iba ayer el tranvía...!", oí decir ayer. Y cómo iba el 42 a las dos de la tarde. Qué raro es el barrio de Casablanca con su embarcadero. Qué triste esa periferia sudoeste de Zaragoza. El seminario parece abandonado. Han hecho una colonia residencial. Los seminarios católicos son bastante feos en general y no hay diócesis que se salve. El de Madrid lo construyó el mismo que hizo la vieja plaza de toros. Y se nota. El de Vitoria tenía fama de ser helador porque se consideraba una disciplina de mérito que salieran sabañones hasta en las orejas. Una fe de otra época. El seminario de Teruel fue cárcel durante la guerra. El de Huesca no sé. Tal vez mañana me entere.
Y aquí se acaba el curso de toros. Para mí.

Hay un autobús en Zaragoza que empieza y termina en los Pinares de Venecia. No lejos de Torrero. El 33 o el 39, no me acuerdo. En el Gasca, avenida de Madrid, frente a la glorieta semicircular de Huesca, dan sabrosa comida: patatas rellenas, pimientos rellenos de merluza, jamón batido con morrones, torreznos del país. Y vino de Vivancos. Dueños muy simpáticos. Los clientes no están mal pero son muchos.

El atún cocido en vino fino y con cebolla es la tapa estelar del MardeCádiz en la Plaza de San Francisco. Recomendado. Tres euros cincuenta una generosa tapa. Hay arroz negro. Judiones con almejas y garbanzos con bogavante. Para el tranvía casi a la puerta.

Y ya. Las Delicias: nombre de un barrio extensísimo y de la estación intermodal que se hizo para una Exposición Universal reciente. Aún se está pagando. La deuda crece como el agua del deshielo. No el del Ebro sino el del Obi, el Lena, el Mackenzie y el Yenisey. Será por dinero...

El manto de la Virgen es, además de serlo, el nombre de un pastel de hojaldre bañado con nata y una mermelada de fresa que simula la cruz de Lorena. 

domingo, 12 de octubre de 2014

ZARAGOZA: 8ª del Pilar

Una tarde extraordinaria de El Juli
(Crónica de Barquerito)
 
El Juli. Foto: Arjona, www.aplausos.es
Dos faenas completas: poder y preciosismo, regusto e inteligencia, ritmo y pureza. Una de ellas, sin remate con la espada. Tarde muy inspirada con el capote. Clima de euforia

Zaragoza, 12 oct. (COLPISA, Barquerito). EL JULI LES DIO FIESTA mayor a dos toros notables. Un segundo, de Juan Pedro Domecq, bravo en el caballo y que a todo quiso; y un quinto, de Victoriano del Río, que echó algún borroncito menor pero acabó queriendo y rendido. Estaban muy bien hechos los dos. A uno y otro sonrió la fortuna de vérselas con un Juli en estado de gracia. La versión rotunda del Juli arrollador, que no era novedad. Pero, además, una versión refinada del toreo de poder y autoridad.

¿Y qué más? El torero ambicioso, que, sin serlo, parecía haber sido testigo de cada uno de los capítulos mayores del Pilar y trató de dar réplica a cada uno de ellos: al capote tan singular del novillero Ginés Marín y a su sentido del compás; al toreo de mano baja y engaño arrastrado del castellonense Jonás Varea; al ritmo casi febril de El Fandi con el toro Picarón, de Fuente Ymbro, que se ha hecho célebre esta semana; al toreo trenzado de Daniel Luque; al capote tan remecido y al muletazo tan encajado de Diego Urdiales; y al apasionado y esdrújulo sentido de Talavante también. Un repaso general. Sin conciencia cierta del modelo o espejo porque en el toreo no caben tales estimaciones. Cada toro es distinto. Y un toro solo vive una vez.

En sus dos turnos puso El Juli a la gente de pie. Antes incluso de concluir cualquiera de las dos faenas. Pura lógica las dos: colocación, terrenos y distancia, ritmo, temple, medida, ligazón y pureza. Solo que no es normal ver a tanta gente bramar tanto en una plaza de toros. Y ponerse literalmente de pie, y blandir pañuelos mientras Julián buscaba con desigual fortuna cuadrar o igualar al toro de Juan Pedro, que fue el que más a placer toreó, o igualar y cuadrar al de Victoriano del Río, que quiso, sí, pero no tanto, y, sin embargo, ayudó más cuando El Juli se tiró con la espada casi al vuelo olímpico.

Se le habían ido las orejas del juampedro por pinchar dos veces en la suerte contraria y sin pasar antes de cobrar una estocada trasera. El toro de Victoriano no se escapó y, si llega a rodar en vez de acularse en tablas, le corta Julián el rabo. La euforia era eléctrica.

Las dos faenas, variadas, abiertas sin pruebas previas ni demoras, abundaron en el toreo que se llama fundamental: tandas de redondo en semicírculo, barriendo la arena, y naturales embraguetados, el toro enganchado por delante, los riñones metidos en el momento clave del viaje y el toque de despedida siempre suave. En todas las tandas con la diestra El Juli intercaló un cambio de mano previo al de pecho ligado con él.

Y en todas las bazas, todas en los medios, aguantó con impecable encaje el viaje de vuelta. En los remates hubo una gota de desmayo. Cuando se empezó a parar o cansar el toro de Juan Pedro, El Juli lo aguantó con dos péndulos y, al verlo recrecerse, le pegó a media altura dos latigazos antológicos.

Al toro de Victoriano, acobardado en tablas después de banderillas, se lo trajo de largo en el arranque de faena. Casi lo mismo que Talavante había hecho la víspera con un toro de Juan Pedro más franco que este otro. Y no con la izquierda, sino con la derecha, y templando lo indecible un viaje ligeramente descompuesto; tras él, ligada, la tanda entera, abrochada con una trinchera. La medicina fue muy parecida en los dos turnos. Las dosis, no, porque con el toro de Victoriano hubo que porfiar un poquito para que no se le fuera. Molinetes de recurso para sujetarlo. Un final de apoteosis: circulares inversos y  la trenza de ayudados de rodillas ya casi en las tablas. Y justo antes de eso, una tanda rota con un  cambio de mano resuelto con un farol y el de pecho. Monumental.

La clave de tanta cosa estuvo, primeramente, en el derroche de Julián con el capote en el saludo de los dos toros. Cinco verónicas a cámara lenta y una revolera se llevó el toro de Juan Pedro. Probablemente los lances de más caro compás que haya firmado El Juli este año. Casi el mismo gasto para el de Victoriano, que tardó tres lances en descolgar, humillar y empaparse. Un quite mixto –chicuelinas, verónicas vueltas- en el primer toro: otro celebradísimo en el quinto en versión puesta al día de los lances de El Zapopán, que remató por abajo y con medio giro solamente. Todo discurrió con la diligencia y resolución proverbiales de El Juli. Un recital.

La suerte estuvo con Julián en el reparto de toros. El primero de Padilla, de Toros de Cortés, condenado a banderillas negras, no fue luego ni bueno ni malo, pero pesaba 600 kilos; el cuarto, del cupo de juampedros, se enceló durante cinco minutos con el peto del caballo y solo un alarde de un monosabio fornido y preparado logró sacarlo: el quite de la feria. Pero el toro estaba muertecito. A Perera volvíó a serle adversa la suerte: el tercero, que se venía cruzado y deslumbrado, se escupió en varas y se rajó a los quince viajes. El sexto, lastimado tras un volatín, no pudo con su alma.
FICHA DE LA CORRIDA
Zaragoza. 8ª del Pilar. Tres cuartos de plaza. La cúpula, cerrada. Tres toros -2º, 4º y 6º- de Parladé (Juan Pedro Domecq Morenés), muy bien hechos, de muy buen son el segundo, roto en el caballo el cuarto y apagadito el sexto,  y tres de Victoriano del Río, el primero con el hierro de Toros de Cortés, condenado a banderillas negras pero manejable, y los otros dos, con el de su propio nombre. El tercero se rajó sin aviso; el quinto, que amagó con irse, se sujetó y se empleó bien. 
Juan José Padilla, saludos tras un aviso y silencio.
El Juli, saludos tras un aviso y dos orejas.
Miguel Ángel Perera, silencio tras un aviso y palmas.
Cumplió a modo la cuadrilla de El Juli, y muy en particular Álvaro Montes.

sábado, 11 de octubre de 2014

ZARAGOZA: 7ª del Pilar

Rehabilitación de Talavante, primoroso Diego Urdiales

(Crónica de Barquerito)
Talavante. Foto: Arjona. www.aplausos.com
Un tercer toro extraordinario de Juan Pedro Domecq, y un segundo notable, y con ellos dos faenas de acento y estilo muy diferentes pero las dos, de poderoso y bien premiadas. 

Zaragoza, 11 oct. (COLPISA, Barquerito). EL QUINTO TORO saltó cuando se cumplían dos horas de festejo. Los tres primeros toros se comieron noventa minutos. Largo asunto. Dos sobreros, que se fueron sin resistencia. A Ponce le mandaron un aviso antes de haberse propuesto ni cuadrar siquiera al cuarto bis, un altísimo sobrero de Torrealta con sangre de horchata y fijeza de lechuza. Los dos últimos toros de la seria y astifina corrida de Juan Pedro Domecq –toda cinqueña, variada de pintas y traza, muy bien rematada- sacaron problemático estilo: topón el quinto, que había romaneado en la primera vara; descompuesto el sexto, que derribó por los pechos en el primer encuentro con el caballo de pica y terminó rebrincado y cabeceando. La segunda mitad de corrida duró una hora. Sin contar al cuarto juampedro, que fue uno de los dos más bellos del envío pero que, de charco en charco en sangre después de dos varas, estaba para el tinte y fue devuelto muy en razón.

Despacio corrían las agujas del reloj y, sin embargo, no se sintió el peso de esos noventa minutos primeros. Por un motivo mayor: aunque de más a menos, el segundo de la tarde fue toro pronto, de viva codicia y alegre empleo; el tercero, cabezón, algo ensillado, con rara papada, fue el toro de la tarde, el más franco en todo, el de ritmo más regular. Diego Urdiales, sustituto de Finito de Córdoba, toreó con regusto y encaje clásicos a la verónica: a suerte cargada y sin cata previa, capote casi diminuto, el toro empapado en los vuelos al entrar y salir, y media de remate recogiendo el torero de Arnedo el toro casi en la cintura, muy airosamente.

El arranque de faena fue primoroso: tres banderas, pero tomando al toro por delante y con los flecos, y luego, ganando terreno hasta fuera de las rayas, una madejita de muletazos cambiados o en la suerte natural, bien hilvanados y subrayados por un hermoso pase de la firma. La querencia del toro, marcada casi desde la salida, fueron las tablas de la puerta principal, donde se ha instalado la recuperada escultura de Goya, que llevaba escondida casi veinte años. Urdiales se plantó en los medios para descararse y, sin llegar a ser una faena a contraquerencia, hubo que consentir al toro, que después del tercer viaje se resistía. Muletazos obligados y para dentro, y al toro le costó. Más que al torero.

En la cuarta tanda, el engaño en la zurda, Urdiales tuvo ya que torear en línea y, enseguida, cortar faena. Antes de la igualada, una graciosa tanda de naturales de frente. De uno en uno –no cabe otra en esa suerte- y muy acompasados. Y el remate de un abanico. Una estocada con fe. Y con vómito.
El tercer juampedro se encontró a Talavante dispuesto y arrancado en el recibo. De pie, de rodillas, en paralelo a las tablas, de dentro afuera, de fuera adentro. Siempre firme y vertical, más sueltos que acoplados los brazos en los lances de mano baja. Un galleo singular, un derribo del toro en el primer puyazo –derribo de verdad de la buena- y celo de bravo en la segunda vara. Había, por tanto, toro. Rechonchito, con su estampa de peluche, como aquellos santos y dulces juampedros de hace una década. El toro de peluche, sí, pero al ataque y con ganas, con ritmo seguro, repetidor, largos viajes, ni un solo renuncio. Cualesquiera que fueran las distancias o los terrenos. Y, naturalmente, la embestida humillada.
 
El toro que precisaba Talavante tras casi un mes de paro porque una lesión de tendones en la mano no se cura de repente. Y al cabo de una temporada en que el trust taurino le puso la proa y lo dejó fuera de ferias y plazas donde tendría que haber estado por derecho. Plato frío esta venganza, que no fue en realidad tal. Sino que Talavante soltó amarras como en sus grandes faenas. Esta arrancó con un gesto de compromiso: en el platillo plantado Alejandro, recogida la muleta en la zurda antes de blandirla en casi un cartucho de pescado para templar lo indecible un viaje de vértigo del toro, que se vino  a  galope tendido desde un burladero. ¡Ole!

Cuatro naturales más ligados y ajustados, y el cambiado de remate a pies juntos. Y al momento dos tandas más, con la misma mano, pero distintas de la primera y diferentes entre sí. En una de ellas, dos ayudados cambiados a dos manos y a media altura de verdad originales. Una rara tanda de dos molinetes de entrada –el molinete de ida y vuelta, a pies juntos y giro vertical-, dos en redondo y otro molinete de salida. Todo en el mismo platillo. Antes de cerrar la tienda, una en redondo en la que vino intercalada una arrucina temeraria y, ligado con ella, un último molinete, que llenó de color una faena tan seria de fondo. Soltando el engaño, una estocada. Y un descabello. Dos orejas. Pura pasión.

Por todo eso, por el clásico primor de Urdiales y por haberse desatado Talavante tanto, la primera mitad de corrida pasó sin sentirse. El sobrero que Ponce mató de excelente estocada fue un toro de mazapán, desinflado, el carrito del helado. No pasó nada. Una pena que el cuarto, sardo escultural, saliera tan quebradizo. Con el sobrero de Torrealta, muy sangrado en varas, lucido por Urdiales en un gracioso quite de tres lances ajustados y revolera, apareció el Ponce técnico, terco y tenaz, machacón, reiterativo, valeroso en los momentos decisivos, ventajoso en los remates de pecho, gestero hasta la exageración. Y en versión solista, porque esta fue faena de sol y para el público de sol camuflado bajo la cubierta de teflón. Una estocada ladeada, una oreja, una ceremoniosísima despedida. El quinto se revolvió y pegó cabezazos sin pasar del todo entero. Urdiales lo había toreado a la verónica con buen compás y hasta brindó al público. Un fiasco la apuesta. Ni el sexto toro fue el tercero ni Talavante fue el mismo. Ya no había cuentas que ajustar.
FICHA DE LA CORRIDA
Zaragoza. 7ª del Pilar. Tres cuartos largos. Ambiente denso: calor, humo. Luz eléctrica durante la segunda parte. Cinco toros de Juan Pedro Domecq –uno de ellos, primer sobrero y primero bis- y uno -4º bis- de Torrealta. La corrida de Juan Pedro, seria de cara y bien rematada, tuvo mucha plaza. Cinqueños todos los toros. Segundo y tercero se emplearon con ritmo y codicia. El toro de Torrealta, acaballado, pajuno.
Enrique Ponce, saludos y oreja tras un aviso.
Diego Urdiales, que sustituyó a Finito de Córdoba, una oreja y saludos tras un aviso.
Alejandro Talavante, dos orejas y silencio.
Picó muy bien al quinto Óscar Bernal. Notable en banderillas y bregando Juan José Trujillo. Julio López, tercero de Talavante, tan a punto como suele. Buenos pares de Víctor Hugo y El Víctor.

 

ZARAGOZA: 6ª del Pilar

Grave y maltratado Perera, muy brillante Talavante

Perera. Foto: Arjona www,aplausos.es 
Rivalidad subterránea y no enconada entre los dos grandes toreros extremeños. El palco, la banda y la fortuna, ingratos con Perera. Muy distinguido Talavante. Corrida de dos sobreros

Zaragoza, 10 oct. (COLPISA, Barquerito). EN EL PENÚLTIMO coletazo del año, corrida calentita, pues, amigos pero rivales, vinieron a medirse Perera y Talavante. Queriendo o sin querer. Cosas de los dioses del toreo. Los revisteros clásicos llamaban dioses a los toreros mayores. Solo que no  hubo en realidad duelo ni manera de tomarse la medida ni de pelear. La fiesta se torció inesperadamente. La condicionó el hecho de que la corrida fuera el híbrido inevitable de los dos toros de rejones, que aguaron el vino y diluyeron la salsa. Fue, además, tarde desafortunada de Pablo Hermoso: el primer toro lo derribó contra las tablas al medir mal una pirueta en banderillas, el susto fue mayor.

Había clavado sin acierto y sin llegar a fijar un toro que tendió a soltarse. Los recortes por delante en galopes a dos pistas fueron aparatosos y se celebraron. Hasta el momento del percance. Con el otro toro también se vio alcanzado más de una vez Hermoso, que pretendió asirse a las astas del toro desde la montura. Una aportación circense. Tampoco tenía el toro astas a que asirse. Lo habían dejado guapo en la peluquería.

A ese trastorno se sumaron varios imponderables. El segundo de los toros de Cuvillo sorteados se rompió los tendones de la mano izquierda en el décimo viaje, si no antes, y Talavante, descarado en los medios, tuvo que ir por la espada. Antes, Perera había toreado con despacioso ritmo y casi mimo a su primer toro, hondito y engatillado, y un punto endeble. Con menos cara que la inmensa mayoría de los dieciocho toros jugados en Zaragoza en lo que va de semana. Perera toreó templado con el capote: en el saludo, cinco delantales, media a compás, revolera, larga y un recorte, porque el toro repitió codicioso. Después del puyazo, un quite seco y ajustado por chicuelinas. Talavante quitó en su turno: una tafallera ingrávida, dos lances invertidos y con las vueltas a la manera de Jesús Córdoba, media y el capote soltado en el remate. Un quite precioso. En los medios.

Perera abrió en tablas por estatuarios. Rica calma. Y, luego, en cite de largo, ya en los medios, una tanda en redondo de cinco ligados y el de pecho; y otra casi idéntica enseguida. Se estaba apagando el toro y no tan de repente. Una tanda en línea con la zurda. La imagen del muletazo de Perera tan suyo de trazo largo. Y adiós, toro, porque pidió la cuenta. Media estocada. Fría la gente, que, en cambió, jaleó a modo los lances de mano baja, sin particular ajuste, con que Talavante quiso fijar al tercero, el toro que se rompió.

 A pesar de todo, la corrida iba ligera. Prometía el final. Pegado a tablas, Perera recibió al quinto con lances de rodillas de buen vuelo: cinco, y limpios los cinco, y cosidos con dos ya en la vertical y entre rayas, la media y su larga. Antes de que el toro viera ni el caballo, Perera volvió a lancear despacio y encajado, dos verónicas, y la larga y su revolera de remate, casi suntuosa, en los medios. Después del primer puyazo, el toro claudicó muy ligeramente, y Perera hizo medir la segunda vara.

El palco hizo señas de que el toro estaba casi sin picar, pero Perera y su gente renunciaron a un tercer puyazo. Pañuelo blanco, tercio cambiado. Sonaron levísimas protestas y de repente sacó el presidente el pañuelo verde. El gesto de Perera debió de ser un poema. Estaba claro que el toro le había gustado.

Antes de soltarse el sobrero, un jotero espontáneo y desafinado entonó en el tendido de capotes a capela y a grito pelado un cantar, y lo celebraron. Una gracia. El sobrero, de Cuvillo, astifino, bajito de agujas, enterró pitones al tercer galope y cobró en los medios el volatín completo. Derribó en la primera vara, que tomó corrido y suelto, y perdió las manos en un mal apoyo en el segundo viaje. No llegó a caerse, pero otra vez el palco sacó el pañuelo verde. La decisión sorprendió a todos.

A escena, un segundo sobrero. Y quinto tris de la corrida, que de pronto parecía intervenida por el presidente. El palco, metido en un jardín. Este otro sobrero, de Torrealta, colorado, no tenía nada que los de Cuvillo. Palas blancas, muy ofensivo y más astifino que ninguno. Se dejó pegar en el caballo pero sin emplearse, cortó y esperó en banderillas, y empezó a apoyarse en las manos. Perera brindo al público. Sin mayor eco. Un breve tanteo en tablas. Se rebrincaba el toro. A los medios sin demora. Una tanda en redondo, otra más y todavía otra. Todas de cuatro y el cambiado de remate. La tercera, abrochada con un bucle de cuatro.

Cada vez que se paró el toro, Perera se plantó y escondió el engaño en péndulo. No descolgaba el toro, que por la mano izquierda se revolvió en corto y buscó. Perera ligó el natural con el de pecho: gran logro. Algunos pidieron música. La banda se cerró en ídem no se sabe por qué. Pareció un castigo para el torero. Sobre todo, porque el jotero espontáneo repitió en plena faena, y en otro tendido salió un imitador en réplica. No solo eso. Cuando más pesaba el toro, ya defendiéndose, un tercer espontáneo, calentito y vaso de plástico en mano, se puso a hacer chusco remedo del ooooooooolé tan gracioso y oportuno del sol de Pamplona- Un insulto gratuito. Sin segundas intenciones, pero de romper los nervios a quien sea. No a Perera, que cobró una estocada trasera, oyó un aviso y saludó.

Y, en fin, el último toro, que fue lo mejor de la tarde veraniega y ya noche otoñal. El sexto cuvillo galopó sin freno, Talavante no lo forzó, dos picotazos, el gran Juan José Trujillo desarmado por no querer ni bajar las manos en un arreón del toro, un recorte de manos altas de Barbero. Y Talavante a por todas. Con un guantelete negro en la mano herida hace casi un mes en Baza –cortados los tendones- y con unas ganas supinas, irrefrenables de torear. Y eso hizo: torear con alegría, quietud y soltura, a pies juntos, con los vuelos del engaño, por las dos manos, ligando y rematando los muletazos, con ese desorden tan de su sentido del toreo. Con ajuste y gracia. Un desarme, nada. Y ahora la música: “Vito”, el más rumboso de los pasodobles de Lope. De frente y de perfil. Rumboso trabajo, a más el toro. Una estocada trasera y sin muerte. En tablas el toro, un aviso, ¡ay!

 FICHA DE LA CORRIDA
Zaragoza. 6ª del Pilar. Casi lleno. Plegada la cubierta. Tarde soleada, templada. En puntas y en lidia ordinaria, tres toros -2º, 3º y 6º- de Núñez del Cuvillo, desiguales, y uno –quinto tris, segundo sobrero- de Torrealta, muy astifino. El sexto cuvillo dio buen juego; noble pero apagado el segundo; se partió una mano el tercero. El toro de Torrealta, sin descolgar ni golpe de riñón. En primer y cuarto lugar, dos toros desmochados de Bohórquez que embistieron mejor al capote que al cite de los caballos.
Miguel Ángel Perera, saludos y saludos tras un aviso.
Alejandro Talavante, silencio y gran ovación tras un aviso.
Hermoso de Mendoza, una oreja y saludos.
Notables en la brega y/o en banderillas Juan José Trujillo, Juan Sierra, Guillermo Barbero y Carretero, que sustituía al lesionado Joselito Gutiérrez.

 

jueves, 9 de octubre de 2014

ZARAGOZA, 5ª del Pilar

Soberbio toro de Bañuelos, Luque tres orejas

(Crónica de Barquerito)

Foto: Arjona www.aplausos.es
Corrida de único espada y toros de seis hierros y cuatro encastes distintas. Espectáculo algo monótono, pero público feliz y entregado. Lo mejor, el arranque: la primera faena y un “toro del frío” extraordinario

Zaragoza, 9 oct. (COLPISA, Barquerito). EL TORO DE LA TARDE fue el primero de los seis. De Bañuelos. De los célebres “toros del frío”. Cara de bueno, bajo de agujas, un ratón, un relámpago, un trueno, rayo incesante, vértigo de bravo, entrega sin condiciones, nobleza, fijeza, largo recorrido, galopes de ida y vuelta. No paró de atacar. Primero, el gateo ligero de los bravos. Después de picado –puyazo corrido, tomado por libre, salida fantástica, el morro por el suelo-, ya había roto  el toro en son mayor. Un tren. Las manos cortas, redondito. 490 kilos. No faltaba ni sobraba ninguno. Seriedad en la cara: astifino, remangado y apretado. Castaño y no colorado. Un dije.

Pidieron algunos la vuelta al ruedo, pero la inmensa mayoría estaba reclamando con pasión posesa una segunda oreja para Daniel Luque. El palco se enrocó –probablemente porque la estocada cayó trasera, o por lo que fuera- y se armó tal jaleo –otra vez el pueblo en armas…- que se olvidaron de pedir para el toro con parecida furia el premio tan bien ganado de los honores póstumos. Se llamaba Tasador. El toro.

De los seis trabajos de Daniel Luque este primero fue con diferencia el de mejor factura y más redondos logros. El más vibrante, o el único que tuvo esa marca. Lances melosos con el capote, buen manejo de engaño pero encaje algo ligero; una clásica apertura en tablas con muletazos genuflexos al natural o contrarios y a suerte cargada; una tanda en los medios con una primera reunión ajustada tras cite de largo, tanda de cinco en redondo, rematada con un cambio de mano, la trinchera, medio molinete y el de pecho; otra seguida abierta con trinchera, hilvanada más que propiamente ligada, encarecida por el son tan impetuoso pero tan fiable y templado del toro, que pareció entonces de carril de pura bravura y tanta gana; una tanda con la zurda un puntito tortuosa, abrochada con un molinete y el del desdén; algún paseo de más, porque no procedía irse de paseo entonces; circulares, golpes de artificio, pases sin ayuda, fuegos artificiales.

Como el toro vino a todo y sin tropezar engaño ni ser castigado, la faena podría haber durado un cuarto de hora. O más. Dijo uno que estaba lloviendo a cántaros. No se sintió en la plaza ni el goteo de la tormenta. Cubierta opaca y refractaria. Patente alemana. Se embaló la gente con el trabajo de Luque y, sin percibirlo tanto, con el estilo tan torrencial del toro de Bañuelos. Empujó todo el mundo cuando pasó con la espada el torero de Gerena. Sin jugar del todo la mano de la muleta. Herido trasero, el toro murió en tablas, donde ya casi estaba.

Y, luego, ya fue todo o casi todo de otra manera. Hubo un tercer toro, cinqueño y colorado, serio cuajo, de Alcurrucén que reclamaba distancia -¡sitio, sitio!- y no quiso Luque dársela, o no le convendría; y un cuarto de Victorino, terciado, pizpireto y astifino, sacudido y ligero, tardo y mirón pero muy noble, que escarbó un poquito y a última hora se rajó pero después de haber embestido lo suyo y con temple. Con esos dos toros completó Luque un botín de tres orejas. La del toro de Bañuelos, la del de Alcurrucén y la de ese victorino tan atípico.

No solo al de Bañuelos, también a estos otros los tumbó de estocadas cobradas con decisión. Al toro de Alcurrucén pecó de pegarle demasiados capotazos de los de amarrar y asegurar –“¡la tauromaquia moderna…!”, maldice una voz anónima de las Ventas cuando eso pasa- y de pegarle pases más sacados a toques que enganchando. Siempre tapado Daniel. Siempre suelto. No tan descaradito como con el toro de Bañuelos. Con el toro de Victorino, que más que derribar en varas volcó al caballo porque se enredó con las correas de peto y maguitos, se entendió bastante bien. Ya estaba entonces el público a favor de obra, y se jaleaba absolutamente todo. Más largos los óles que los muletazos, que no suele suceder.

Entre el huracancito de Bañuelos y el serio cinqueño de Alcurrucén, se jugó un hondo ejemplar de Fuente Ymbro que no sacó ni el bravo estilo del premiado el miércoles con la vuelta al ruedo ni la desgana algo incierta de sus cinco compañeros de viaje. Este otro fue de más a menos y, antes de aplomarse, claudicó algo ahogado. Luque lo despenó de pinchazo hondo y dos descabellos.

Los dos últimos de corrida fueron deslucidos o poco propicios para lucirse. Los dos pasaron de los 600 kilos. El quinto, de Victoriano del Río, ensillado, muy cabezudo, crestudo y feote, se defendió, sin perversas intenciones, pero nunca se sabe. Se soltaba sin remedio. Luque recorrió media plaza pegado a tablas. Habría bastado con abreviar porque ya entonces le pesaría la corrida. Solo que la gente no paró de jalear y pegar óles y más óles que subrayaban la cosa como un acontecimiento.

Con el sexto, monumental atanasio del Puerto, se repitió la jugada. El toro manseó en el caballo, de un penco a otro dos veces, cinco o seis picotazos corridos o de refilón. Pese a eso, Luque hizo ahora lo que hubiera sido de lógica con el toro de Alcurrucén o con el de Fuente Ymbro, por ejemplo: irse de largo a los medios para provocar la embestida de un toro que solo quiso tablas y rácanamente. Sin celo, sin malicia, sin darse ni terminar de soltarse. Pidiendo la hora.

FICHA DE LA CORRIDA
Jueves,9 de octubre de 2014. Zaragoza. 5ª del Pilar. Más de media plaza. 6.500 almas. Cerrada la cúpula de cubierta. Estuvo lloviendo durante la primera media hora de festejo, que duró casi dos horas y media. Seis toros de distintos hierros y diferentes hechuras. Por orden de lidia, de Antonio Bañuelos, Fuente Ymbro,  Alcurrucén, Victorino Martín, Victoriano del Río y Puerto de San Lorenzo. Extraordinario el de Bañuelos; bueno el de Alcurrucén; noble pero mansito el de Victorino. Se aplomó el de Fuente Ymbro. Muy deslucidos los otros dos.
Daniel Luque, único espada. Oreja con fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo; silencio, oreja, oreja, saludos y ovación.
El sobresaliente Manuel Carbonell, herido por el tercero al intentar rematar un quite por gaoneras. Cornada de 15 cms. en el pecho con destrozos fibrilares.

miércoles, 8 de octubre de 2014

ZARAGOZA: 4ª del Pilar

La Misericordia celebra sus 250 años de vida
(Crónica de Barquerito) 

El Fandi con el 3º. Foto: Jose L. Pinilla, www.burladero.com
Ceremonias goyescas y paragoyescas para festejar el aniversario. Un toro extraordinario de Fuente Ymbro premiado con la vuelta al ruedo. El Fandi, casi a placer con él.

Zaragoza, 8 oct. (COLPISA, Barquerito). SE CUMPLÍAN justamente doscientos cincuenta años de la inauguración de la plaza de toros de la Misericordia y se celebró la efeméride, tan redonda, con una corrida goyesca. Goyesco el atuendo de los matadores y sus cuadrillas, y de mulilleros, torileros y areneros. Los monosabios iban de diario. Padilla se permitió la licencia de lucir una redecilla. Solo en el paseo, que tardó, por cierto, mucho en arrancar. Un coro de voces masculinas entonó el estribillo del Toreador de la Carmen de Bizet, palmeado por la inmensa mayoría.

Abellán, con un terno de paje cortesano más que goyesco, estaba elegantísimo. Padilla, de granate con bordados plateados en arabesco. El Fandi, en clásico, de blanco y filigrana negra. Los dos, con medias blancas. Abellán, medias rosas por no hacerse transparente. Los mulilleros lucían zapatillas deportivas blancas, del mismo color que las medias, calzona turquesa y jubón pardo. Hacía a la vista algo de daño.

Se repartieron por las barandas de forja banderas españolas y aragonesas. En el palco de presidencia, la cruz de San Jorge sobre fondo blanco. Falsas guirnaldas de  hiedra en colgantes. Lazos cuatribarrados como inmensos floripondios abrazaban los pomos de forja de los vomitorios. Todos los adornos, sin embargo, se los comía el recinto mismo, el ámbito del coso:  sus tendidos, sus dos pisos de grada y sus barreras, que son las de menos altura que se conocen en plaza española de toros. Sin contar la de Linares.

La corona de teflón de la cubierta, más opaca que translúcida, podía, además, con recinto, flores, lazos, banderas y estandartes. Con todo pudo ese tejadito protector menos con la arena brillante y cremosa donde iba a jugarse la fiesta sustancial: seis toros. Tres de ellos, descaradísimos, por cierto. Y tan descarados como astifinos y diversos de condición.

En la arena estaban muy marcadas las dos rayas de picar. En el círculo interior una doble inscripción semicircular con letras versales en cal blanca: 250 ANIVERSARIO.  Como en las vitolas de los vegueros. Y, en fin, homenaje especial a la Tauromaquia grabada de Goya: la mancha de hombre y toro en el salto de la garrocha estaba reproducida, por dos veces y en dos lados. En tamaño más que notable. La mancha de cal vino a ser enseguida motivo de polémica. Nadie había caído en que tanta cal era como una trampa para resbalarse. Una pequeña pista de patinaje.

Después de arrastrarse el primer toro, salió un funcionario a regar. Con esa manga de La Misericordia que no goyesca pero sí centenaria. Los toreros pensaron que el agua de regar, la cal y la pintura formarían un mortífero engrudo. Cada toro arrastrado se llevó al desolladero su ración de cal. No solo al ir prendido del tiro de mulillas. Los que escarbaron, atraídos por el aroma húmedo de la cal, se la echaron al pecho y la sotabarba. También Abellán y El Fandi tuvieron que sacudirse el polvo. La megafonía no estaba bien acoplada. La tramoya de toda goyesca fue, en suma, como un laberinto.

Tras el arrastre del sexto toro, cuatro recortadores vestidos de baturros –con su cachirulo a cuadros pero sin la alpargata preceptiva, sino botines deportivos-, hicieron ante un toro en puntas exhibición de tres alardes goyescos de grabado: la suerte del salto de mesa pero sin grilletes, el salto de la garrocha y la reunión o encuentro en la silla con su quiebro. Y, luego, ya por libre, saltos del repertorio de la tauromaquia landesa. Fue celebrada la invención toda. Este final pintoresco se comió, sin embargo, la corrida casi tanto como se había comido la cubierta toda la engalanadura. Pero no todos los días se cumplen en cosas de toros tantos años.

La corrida de Fuente Ymbro fue muy aparatosa de cara. Cinqueños el primero y el último. Aquél, noble pero sin fuerza. El otro, el menos ofensivo de los seis, fue más de tablas que nada y no peleó. Hubo un toro muy completo: el tercero. Así de bajo, ancho y corto. 480 kilos, pero un galán. Astifino de atragantarse. Todo lo que tuvo de ofensivo –abierto, veleto- lo tuvo de bondadoso y encastado. Gran entrega, fijeza, por derecho las embestidas y las repeticiones. Le dio fiesta El Fandi: larga cambiada de rodillas en el recibo en tablas, un galleo airoso antes de la primera vara, tres lances del Zapopán en versión virtuosa, media verónica de rodillas, tres pares de banderillas –los dos primeros, en carrera hacia atrás, de portentosas facultades, y un tercero a violín- y una faena no de pases de “todas las marcas” como solía decirse, pero casi: de rodillas, con la diestra y con la siniestra, circulares por los dos carriles, a suerte cargada y no tanto, molinetes de rodillas y en pie. ¡Ni un solo muletazo enganchado!

Como un carrusel. Ni despacio ni deprisa. La gente se puso caliente, caliente. Paseó por el aire el fantasma de un indulto. Una estocada trasera soltando el engaño en la reunión. El toro tuvo muerte de bravo: no solo por resistirse a doblar, sino por el modo en que lo hizo: casi al paso hasta los medios, y un poquito más. Un clamor. Dos orejas, vuelta al toro. El segundo, en cambio, salió cobardón, reculó y se vino abajo. Padilla había despachado al primero sin sufrir a pesar de aguantar algún derrote; Abellán hizo lo propio con el segundo, que no paró de mugir. Mugido de manso, no de pena.

El cuarto lucia dos pavorosas ganzúas. Fue toro paradito pero incierto y, sobre todas las cosas, extraordinariamente mirón. Padilla renunció a banderillear, tragó lo que pudo y agarró con formidable habilidad una estocada tendida que bastó. Abellán tuvo el cuajo de ponerse a la distancia, de larguísimo, con el quinto, que le hizo dos o tres regates antes de la reunión. Pura entereza del torero de Usera, que rectificó solo lo indispensable para evitar ser atropellado. Una buena estocada. El Fandi  volvió a exhibir en el sexto su privilegiado sentido de la colocación: ponerse donde no se resiste ningún toro, el que sea, Solo que al rematar una serpentina se le fue el capote de las manos y le cayó en la cabeza. La escena del torero embozado de Goya. Lo cual no entraba en las previsiones del programa. Cuatro pares de banderillas, los cuatro reunidos arriba en un real, y una faena algo machacona y previsible. Una estocada. Una sastrería de Zaragoza, la casa Roquetas, donaba la recompensa de un capote de paseo para el triunfador de la tarde. De seda negra y tiras doradas. Y un bordado de la Virgen del Pilar.

FICHA DE LA CORRIDA
Zaragoza. 4ª del Pilar. Conmemoración del 250º aniversario de la inauguración de la plaza. Corrida goyesca. Casi tres cuartos de plaza. Veraniego.
Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo), muy ofensivos, de desigual condición. Extraordinario por son y nobleza el tercero, premiado con la vuelta al ruedo.
Juan José Padilla, silencio y ovación.
Miguel Abellán, silencio y palmas.
El Fandi, dos orejas tras un aviso y ovación.

 

martes, 7 de octubre de 2014

ZARAGOZA: 3ª del Pilar


Indulto de un santacoloma, triunfo sonado de Varea

(Crónica de Barquerito)
"Quejoso" novillo santacolomeño de 501 kilos indultado. Foto: Juan Ríos, www.aplausos.es 
Tarde redonda del novillero castellonense, que ha dado en seis meses pasos de gigante. Bondad y bravura de un novillo Quejoso. Triunfo del ganadero José Marcuello.

Zaragoza, 7 oct. (COLPISA, Barquerito). EL NOVILLO QUE partió plaza se emplazó de salida y tardaron en salir a buscarlo, cargó en la primera vara a caballo vuelto, hizo hilo en banderillas, se paró después, no se prestó a trasteo convencional y Miguel Cuartero lo lidió con muletazos de pitón a pitón bien logrados. Una estocada perpendicular y ladeada, un puntillero sin puntería y el novillo murió barbeando las tablas y afligido.

Enseguida cambió el signo de la cosa: el segundo salió con aire bélico y lo dejó fijado David de Miranda con secos lances. La cara alta, trastazos en dos puyazos medidos, una escarbadura y entonces la primera salida y aparición de Varea, que iba a ser la sorpresa de la tarde. Un quite de dos lances revolados –capote de generoso tamaño-, dos medias y una larga airosa. Miranda replicó con dos villaltinas y media. Vino luego una faena larga, silenciosa, en la media altura porque, siendo noble, el toro no descolgaba ni intención de hacerlo. Como casi todas las faenas largas, ésta fue desigual y de ir perdiendo sentido. Suaves muletazos pero sin fajarse este torerito nuevo, onubense de Trigueros. No fue cosa de perder pasos ni de ganarlos. En línea los muletazos abiertos y sueltos. Una tanda de naturales de frente antes de la igualada y una estocada baja.

Saltó el tercero. Más cuajado que los dos recién vistos. Elásticidad ya en la primera estirada muy ganosa. Tanto que hasta se fue de las manos en un único patinazo. Dos lances buenos de Varea. En dos varas empujó de bravo el toro. Al segundo puyazo vino galopando. Lidia notable de Josele Ibáñez, un quite de Cuartero despacioso a la verónica, solo que salió perseguido, y la réplica ahora de Varea: dos delantales, media y larga. Júbilo en las gradas: debajo de la recién reinstalada estatua de Goya se hicieron sentir a modo dos centenares del torero. Llegados de Almazora/Almassora y de Torreblanca. De Castellón, aficionados y fieles. Este Varea ha tenido partidarios desde que debutó sin picadores, y partidarios apasionados. Los sigue teniendo.

Dos pares de banderillas de riesgo y acierto de Alfonso Carrasco, otro torero de Almassora –fue novillero de calidad- desataron una euforia que ya no iba a tener freno. La guinda la puso el toro con su fijeza, su ritmo regular, su nobleza y hasta una docilidad rara de ver en el encaste Santa Coloma. La ganadería, aragonesa, de Luesia, está formada sobre la vieja base de santacolomas de Pablo Mayoral y refrescada no hace tanto con dos sementales de Javier Buendía. Han casado las dos sangres.

En el caso de este tercer novillo, bondad sobresaliente. Casamiento feliz: terminó en indulto pese a la resistencia del palco. Un clamor popular. Lo provoca la bondad más que la bravura. Siempre. Y llega de la mano de un toreo de larga sombra, muchos brazos y largo trazo, como el de Varea; ligado por la mano derecha sin empacho, firmemente; muy despacioso por la mano izquierda; gracioso en las suertes a pies juntos, que es tan privativa de los toreros de talla como de los cortitos, pero gracias distintas. Un circular cambiado trenzado con otro en la suerte natural.

Y entonces empezó a cundir el runrún del no-lo-mates. Varea se dejó querer porque un indulto se siente más que nada como un trofeo máximo. Cuando cuadró el toro, un guiño cómplice del torero a su gente. Pases de mero pasar el tiempo y el palco mandó un aviso precisamente por eso. La cosa tomó rumbo de revuelta popular y al fin cedió el presidente. El indulto. Varea llevó al toro a corrales con dos molinetes. Dos orejas. Símbolo del indulto. Los insaciables reclamaron a coro el rabo. Y ahora la euforía adquirió tintes volcánicos. Dos de la peña de Almassora se tiraron al ruedo para entregarle al torero un ramo de flores y hacerse, además, la foto con él. Detrás del torero venía dando la vuelta al ruedo el ganadero Marcuello. Se le salía la alegría por los poros. Indisimulable. Varea lo hizo bajar del tendido donde estaba.

Y luego siguió la fiesta. Para el ganadero también, porque el cuarto, alto de culata, peleó en el caballo, galopó en banderillas y, aunque escarbó dos veces, sacó en la muleta bondad para dar y tomar. Voluntad desangelada de Cuartero, que al salir de suertes parecía cansado. Un bajonazo. Un cromo el quinto: negro berrendo y aparejado, lucero, gargantillo, coletero, calcetero de patas pero no de manos, rabicano. Preciosas hechuras. Más codicioso que poderoso, noble. También quitó Varea con su capote inmenso. Y replicó Miranda por saltilleras muy ajustadas pero solo dos, revolera, larga y desplante. Una faena de pegar tironcitos, y eso no quería el toro, que empezó rebrincadito pero se asentó. Plano el trabajo. Interminable. Un aviso, media trasera.

Esperando a Varea todo el mundo. Un sexto ensilladito y cornicorto, deslumbrado de salida, pronto y algo revoltoso. No estaba en tipo pero tenía el fondo noble de la corrida casi entera. Buenas ideas de Varea. Firme, suelto, seguro para torear en vertical con pulso que el toro agradeció. Desiguales las reuniones, pero rotunda la entrega. ¿Modelo Perera? Tal vez. No solo. Desde su debut en Castellón a esta fecha, progresos sorprendentes. Impresión ahora de torero largo y enseñado, y seguramente poderosos. Cuando alumno de la escuela de Castellón, parecía más de arte, para entendernos. Una estocada. A hombros con el mayoral. Dos horas y media la cosa.

 FICHA DE LA CORRIDA
Zaragoza. 3ª del Pilar. Veraniego. 3.500 almas. Seis novillos de Los Maños (José Marcuello). De buenas y variadas hechuras dentro del tipo Santa Coloma. Fue de son y bondad sobresalientes el tercero, indultado por aclamación. Salvo un primero cobardón, dieron buen juego los cuatro restantes, que fueron, sin embargo, de distinta condición. Todos tuvieron fijeza y motor.
Miguel Cuartero, silencio y palmas tras un aviso.
David de Miranda, vuelta al ruedo y silencio tras un aviso.
Varea, un aviso previo al indulto del novillo Quejoso y dos orejas simbólicas, y una oreja.
Buena brega de Josele Ibáñez con el tercero, que banderilleó muy bien Alfonso Carrasco. Un buen puyazo de José Manuel Patillas al cuarto.

 

lunes, 6 de octubre de 2014

ZARAGOZA: 2ª del Pilar

Ginés Marín, inmejorable impresión

(Crónica de Barquerito
Ginés Marín. Foto: Oresna Plaza de toros de Zaragoza. www.burladero.com
El novillero de Olivenza torea con el estilo de los elegidos un bravo novillo de Vegahermosa. Suficiente, rodado y fácil Borja Jiménez. Firme José Garrido.

Zaragoza, 6 oct. (COLPISA, Barquerito). DE LOS TRES NOVILLOS buenos de Jandilla y Vegahermosa –los ganaderos, homónimos, padre e hijo, pero ganaderos por separado-, los dos de más bondad y claro son se juntaron en el lote de Borja Jiménez, que lleva camino de convertirse pronto en el quinto matador de alternativa de la historia de Espartinas. El pueblo de los Espartacos. Hay una suerte de tauromaquia de recursos, oficio, inteligencia y hasta plástica muy de la familia de los Ruiz, los Espartaco. El apodo fue invención atrevida y afortunada de un apoderado de leyenda, El Pipo, que consta como el taurino que acertó a lanzar a El Cordobés  y a crear su leyenda. Tres Espartacos matadores de toros y, a la sombra de ellos, los dos hermanos Jiménez, Javier, que tomó la alternativa en Sevilla el pasado abril, y este Borja benjamín que está tan rodado y tiene tantas tablas y tal habilidad que parece hasta torero de ventaja.

De no perdonar un quite. Ni siquiera las réplicas, que las hubo esta vez porque el extremeño José Garrido tampoco perdonó en su turno en ninguno de los dos novillos del lote de Borja. Al primero, recibido y fijado por Borja con una gavilla de lances mixtos –las verónicas invertidas del mexicano Jesús Córdoba, mandiles, la media a pies juntos-, le hizo Garrido un quite por gaoneras de mucho ajuste. La réplica de Borja fue por saltilleras, revolera y un recorte. Al cuarto de la tarde lo esperó en el tercio Borja de rodillas para librar dos largas de cambiadas de rodillas. Y, luego, lances en vertical de manos altas y capote muy desplegado, a la antigua usanza.

Antes de varas, un galleo por lances de costado. Mucha soltura, pura facilidad. Garrido quitó por chicuelinas; la réplica por verónicas de amplia boca, media y una larga. Y entonces se puso a escarbar el novillo de Vegahermosa, que fue, como suele decirse, sosote. De los de tirar de él, y ser paciente. Y ni lo uno ni lo otro. Descalzo, en los medios, de perfil y en línea Borja en un trasteo seguro que no llegó a romper y pecó de machacón.

Para entonces pesaba en el ambiente y casi lo condicionaba la impresión dejada por Ginés Marín, el novillero de Olivenza de quien apenas se tenía noticia hasta el día de su debut con picadores hace siete meses. Debut que fue un bombazo y no flor de un día: aquí en Zaragoza, fin de curso, rindió a todo el mundo con su originalidad, su talento, su resolución y sus muchas soluciones. Con su pureza clásica: el cite en media distancia, la reunión ajustada, impecable; engaño pequeño bien volado, ligazón, toreo para adentro; el temple también.

Desarmado en dos primeros lances de rodillas, con los que recibió al toro en tablas, enderezó el negocio enseguida con cuatro verónicas de rico compás y lindo vuelo, y remató con larga muy cadenciosa. Esa cadencia para torear iba a ser la huella mayor de su presentación en Zaragoza. Don innato, pero no el único. Junto a la cadencia y, probablemente en su misma base, el valor. En el tercer lance de un quite por gaoneras al quinto de corrida, salió violentamente encunado y volteado, cayó a plomo y el toro le pegó en el suelo un pitonazo en un párpado. Fueron momentos de gran angustia. Perfectas las cuadrillas, que cercaron al toro.

Ginés no quiso ni meterse entre barreras pese a estar en apariencia grogui. Pero ese percance, sin mayores consecuencias, llegó después de haber firmado en su toro la faena de la tarde. Una faena muy bien hilvanada, traída y pautada, sin cortes de capricho, todo de sentido: banderas en la apertura, tandas de cuatro y hasta cinco y el de pecho en los medios, el toro, bravito, con chispa, mecido siempre. Antes de la igualada, medios muletazos tan lánguidos que parecieron enteros. Los de pecho fueron soberbios. Las entradas y salidas, de una autoridad impropia de torero nuevo. Y una estocada con varetazo al cobrarla. El toro le quitó la zapatilla derecha en la reunión. Una oreja, se pidió otra. Dos habrían hecho justicia. No pudo ser en el sexto de corrida, que, manso sin la menor gana, fue el peor de los seis. Y lo mató por arriba.

Borja le hizo al notable jandilla que partió plaza, jabonero, muy codicioso, una faena de gran seguridad, con la gota atómica de una primera tanda de rodillas muy templada y casi cargando la suerte. La deriva algo mecánica de la faena, o el exceso de pases, se tradujo en un cúmulo de cosas. Fácil con la espada, a sus dos toros los tumbó de estocadas. A manos de Garrido vino el lote menos propicio: un segundo mugidor, escarbador y sin fuerza, con el que se hizo por cierto presente en un breve y armonioso quite Ginés Marín; y un quinto cabezón y brusco, la cara a media altura, mucha más movilidad que entrega. Una faena, la del quinto, en que apareció recuperado el arranque clásico de los estatuarios a suerte cargada. Un punto rígido el torero: muleta chica pero sin vuelo y por eso un desarme. Tesón, valor seco. Apuntes de torero de poder: no se arruga.

FICHA DE LA CORRIDA
Zaragoza. 2ª del Pilar. Veraniego. 2.000 almas. Tres novillos -1º, 2º y 6º- de Jandilla (Borja Domecq Solís) y tres -3º, 4º y 5º- de Vegahermosa (Borja Domecq Nogueras). Bien presentados los seis. Primero y cuarto tuvieron mucha bondad. El tercero, chispa brava. Brusco un quinto siempre al ataque. Muy deslucidos segundo y sexto.
Borja Jiménez, una oreja y saludos.
José Garrido, silencio tras un aviso y vuelta tras aviso.
Ginés Marín, una oreja tras aviso y ovación. .