jueves, 16 de febrero de 2017

OBITUARIO

Ernesto González Caicedo
(Q.D.E.P)
Jorge Arturo Díaz Reyes MD

Ernesto González Caicedo. Foto: Jorge Aerturo Díaz Reyes
 Cuando pienso en Ernesto González Caicedo, la primera imagen que acude, no es la del hombre público, la del político, la del gobernante, la del médico, la del ganadero, la del maestro de toreros, la del aficionado, la del investigador, la del conversador ameno…

La primera imagen es una vieja foto; niño, de unos doce años, con una muleta (de torear) plegada bajo el brazo, mirando fijo a la cámara, parado junto a su madre, a su hermano: Antonio José, y a Don Julián Llaguno y su mayoral, en la ganadería San Mateo (México).

Esa imagen me viene involuntariamente, quizás porqué cuenta su biografía desde antes de que sucediera. Una biografía larga, diversa en muchas esferas, pero concéntrica en los toros.

1946. Mexico, ganadería de San Mateo. 1 “Conejo Chico”. 
2 Administrador de San Mateo. 3 Ernesto González Caicedo. 
4 María de González Piedrahita. 5 Julián Llaguno. 
6 Antonio José González Caicedo.   
Los años y las cosas pasadas han mantenido vigente aquel retrato infantil. El muchacho de mirar confiado, se hizo hombre, médico, especialista, padre, político, parlamentario, alcalde, gobernador… Por todo eso y más pasó. Enterró a sus progenitores, abandonó su profesión, conoció el triunfo y la derrota, superó vicisitudes, pero siempre siguió ahí, con la muleta bajo el brazo, dirigiendo la Escuela Taurina de Cali, criando toros, cultivando el encaste Santa Coloma en su propia versión, investigando, publicando libros, ejerciendo su magisterio y mirando afirmativo al frente.   

Ernesto González Caicedo, cuya voz taurina he oído con fruición y reverencia desde mis primeros años de aficionado, que también fueron los primeros de mi vida, cuya amistad me ha honrado, murió ayer, temprano, aquí en Cali, en su casa de Santa Rita, cerca del río. Tenía 84 años.

Se batió valientemente contra una larga y devastadora enfermedad que lo minó física pero no espiritualmente. Su partida me entristece, más por los momentos en que ocurre. Cuando depredadores de todas las pelambres rodean y acosan encarnizadamente la Fiesta, su Fiesta. Por eso me pesa más su ausencia irreemplazable, la falta de su brazo, el concurso de su brillante inteligencia.

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